Vinos de Lanzarote: por qué saben así
No hay hileras ni verde: cada parra vive en un hoyo excavado en la ceniza volcánica y tras un muro de piedra que la tapa del alisio. Y las cepas que dan el vino nunca conocieron la filoxera.
En La Geria lo que se ve desde la carretera no es un viñedo al uso: es un llano de lava negra sembrado de hoyos, cada uno con su parra baja dentro y su muro de piedra en semicírculo. Cuesta creer que de ahí salga vino, y sin embargo sale, y desde hace siglos.
Ese sistema tiene nombre propio en la isla, enarenado, y es la primera mitad de la respuesta a por qué los vinos saben así. La otra la ponen el mar, el viento y unas cepas que aquí tuvieron siglos para envejecer.
Lo que Timanfaya dejó en el suelo
La capa de ceniza no siempre estuvo ahí. Los volcanes de Timanfaya entraron en erupción en 1730 y no pararon hasta 1736, y la isla cambió de cara por completo. Cuando acabaron, buena parte del terreno quedó tapado por la piedra ligera que sueltan los volcanes. En la isla se llama rofe, como lo nombra la bodega Ignacio Romero en su web.
Aquel suelo tenía pinta de perdido para el cultivo, y fue al revés. Los agricultores excavaron hoyo a hoyo hasta llegar a la tierra, y plantaron las parras ahí, que es donde siguen hoy. La ceniza también trabaja: guarda la escasa lluvia que cae en la isla, y con esa reserva se sostiene el viñedo. Así lo cuenta la bodega David Fernández.
Un hoyo por parra, un muro contra el viento
Cada hoyo es un pequeño ingenio. Se excava hasta la tierra, en forma de cono invertido, y queda cubierto de arena volcánica. La bodega Vulcano lo resume así: el hoyo protege la parra del viento y le aporta humedad. Dos problemas con una sola excavación.
El viento es el que manda en la forma final del paisaje. El alisio entra desde el Atlántico con aire suave y húmedo, pero sopla con una fuerza y una constancia que obligan a levantar los muros de piedra que dan forma al viñedo, según David Fernández. El resultado es lo que dibuja La Geria: un muro curvado de piedra negra junto a cada parra.
Y todo el trabajo va a mano. Las webs de las casas hablan de fincas trabajadas de forma tradicional, de vendimias manuales y de lo que les costó a las familias del lugar excavar el terreno parra por parra. No es nostalgia: con viñedos hechos de hoyos sueltos no hay otra forma de hacerlo.
Qué uvas se plantan en la isla
La malvasía volcánica es la variedad que más aparece en las webs de las bodegas: 20 casas la trabajan. La Listán Negro aparece en 18, la Diego en 12 y la Moscatel en 10. Son uvas de aquí, y Ignacio Romero habla de más de trescientos años de adaptación de las variedades tradicionales a un clima que no facilita nada.
Y no todo es blanco. En las mismas webs se nombran rosado, dulce, reserva y espumoso, y el espumoso tiene capítulo propio: El Grifo lo elabora desde 1987 por método champenois, segunda fermentación en botella, con uva de cepas prefiloxéricas. Todo se ampara en la Denominación de Origen Lanzarote. El Grifo se presenta en su web como la bodega en activo más antigua de la isla, y tiene los años encima: se fundó en 1775. En 2025 completó el paso al cultivo ecológico de sus 40 hectáreas de viñedo.
Por qué esto se nota en la copa
La filoxera, la plaga que arrasó el viñedo europeo, no llegó a la isla. Por eso aquí se habla de cepas prefiloxéricas, viñas que crecen sobre sus raíces originales, y no es adorno de etiqueta: Ignacio Romero pone esa genética entre las claves del carácter de sus vinos. El Grifo, por su parte, hace su moscatel naranja, un blanco que en la casa presentan con carácter de tinto, con uvas de cepas de entre cien y ciento cincuenta años.
La explicación completa la escribe la propia Ignacio Romero: suelo volcánico, influencia del Atlántico, viento constante, alta insolación y poca lluvia, junto con esas cepas centenarias. En las notas de cata de El Grifo se repiten dos rasgos: acidez equilibrada y un punto salino. La Listán Negro entra en sus tintos como la que aporta frescura. El Grifo sostiene, además, que sus vinos aguantan años en botella, y atribuye esa longevidad a la naturaleza volcánica de la isla.
Dónde ver el método de cerca
Si quieres entender el cultivo antes de catar, apunta a las visitas que salen al viñedo. La de David Fernández empieza caminando la viña, con la casa explicando el cultivo sobre ceniza volcánica, sigue por la sala de elaboración y acaba en cata. En Ignacio Romero se camina entre parras sobre rofe mientras se cuenta cómo el volcán transformó la isla y cómo las familias la convirtieron en viñedo, con degustación de vinos ecológicos al final. Y en El Grifo el viñedo está a la puerta de la bodega, en La Geria: las visitas lo recorren antes de llegar al museo, montado en el viejo lagar de la casa.
Si el vino te trae a la isla y te sobra una mañana, el plan está servido: ver La Geria despacio, entrar en una de las casas que sacan la visita al viñedo y catar después de entender. Si el viaje ya está montado y el vino va a ser un añadido, basta una parada en La Geria de camino a otra cosa. El paisaje hace la introducción solo.
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